jueves, 8 de marzo de 2007

Ricardo Gil Otaiza // Abajo cadenas

¿Se ha preguntado cuántas veces al día canta o tararea el presidente Hugo
Chávez el himno nacional? Yo sí, y me imagino que lo hace cuando sale o
cuando entra al palacio, cuando recibe o cuando despide algún visitante
internacional, cuando inaugura una obra, cuando se va y cuando regresa al
país, cuando presenta alguna ofrenda floral ante el sarcófago de un héroe
patrio. En fin, son tantas veces por día, que en su cabeza deben quedar
dando vueltas y vueltas las estrofas, el coro, o fragmentos de la vieja
pieza musical. En mi caso particular hay una frase corta que siempre me
ronda en la cabeza cuando escucho el himno, y es aquella que dice: "abajo
cadenas, abajo cadenas, gritaba el señor, gritaba el señor, y el pobre en su
choza libertad pidió". Es precisamente esa frase la que se me queda, sin
importar que escuche en la radio diversas canciones, o que me distraiga la
mente con alguna tarea. ¿No se le quedará algo del himno en la cabeza al
señor Presidente si lo escucha y canta tantas veces al día?

La citada frase del himno me taladra los sesos y comienzo a rodar mi propia
película, la (de)construir la tragedia humana del venezolano. Miro los miles
de ranchos de la periferia de la ciudad, veo a los perseguidos políticos y a
sus abogados peleando por sus derechos, veo los anaqueles pelados de los
supermercados, conozco de los reclamos de los ancianos pensionados y
jubilados, leo sobre la expropiación de algunos frigoríficos, me informo
sobre los motines en las cárceles, me entero por los medios que no llegan
medicamentos especializados, no hallo libros importados, no le renovarán la
concesión a RCTV, y me digo: ¡caramba, se nota que el himno nacional es una
obra clásica y que no ha perdido vigencia!

Me imagino que a un erudito, a un filólogo, o a un gramático, eso de "abajo
cadenas" les remueve en su mente implicaciones que van más allá de la forma
del lenguaje, como romper las ataduras políticas e ideológicas, liberar a la
ciudadanía de las imposiciones doctrinarias y dogmáticas de un único jefe, o
derrumbar paradigmas políticos, religiosos o sociales. A los dueños de los
medios la frase les debe significar algo así como una esperanza sentida ante
horas y horas de cadenas presidenciales de nunca acabar, que matan los
espacios comprometidos con los anunciantes, y termina por arruinarlos
indefectiblemente. A los propietarios de los comercios la frase a lo mejor
les insufla el ánimo perdido ante el cierre temporal o definitivo de sus
firmas, de parte del ente fiscal, por la enmienda en el libro contable, o
por la factura que en lugar de decir "pagado" dice "cancelado". A los padres
de los presos políticos el "abajo cadenas" a lo mejor les sugiere libertad,
juicio transparente, una actuación pronta de los poderes del Estado.

Tanto escuchamos el himno nacional, que el oído se ha acostumbrado a él, y
hemos ido dejando de lado su verdadero significado, su valor intrínseco, su
peso específico, su poder electrizante en las masas y en el individuo. Más
que un símbolo patrio, cuya ejecutoria posiblemente se ha transformado en
tradición, el himno nos debe servir para llevarnos a la reflexión, y a la
acción. "Abajo cadenas" debe dejar de ser letra muerta para transformarse en
fuerza propulsora de cambios personales, sociales y políticos.

rigilo99@hotmail.com
*Profesor universitario y escritor